lunes, 10 de enero de 2011

a Louie Romero




En aquella casa azul arriba de la colina a las orillas de mar, Laura se encerró en el cuarto más alto.
No pretendía volver abajo jamás; encontraba triste volver el regresar al pueblo, escuchar el sonido de los comerciantes gritar, recorrer el sendero de tierra húmeda por el temporal de primavera.
Llevó consigo un costurero de madera. Su habitación en la cual se enclaustraría por tiempo indefinido, tenía un sillón amarillo y una cama para niño; una ventana con cuatro cristales, un suelo de madera de color opaco.
En ocasiones sentía miedo por la eterna obscuridad del paisaje nocturno a través de su ventana. A la media noche, la luz de un faro lejano dejaba su pequeño rastro en los ojos de Laura, haciéndole creer que esa luz, era la vida real a miles de kilómetros.




No hay comentarios:

Publicar un comentario