miércoles, 9 de junio de 2010

Irene espera

En la noche de lluvia Irene espera paciente el día de mañana, mirando esa ventana que deja entrar pequeñas gotas de afuera. A pesar de que hay una obscuridad, puede distinguirse su figura joven y pálida cuando el trueno deslumbra primero y hace su anuncio sonoro segundos después.

En aquella habitación de inciensos consumidos y flores muertas, de libros viejos y objetos polvorientos, por la ventana de ese balcón se recuesta Irene en aquella silla, dando ese suspiro que desarma. Que apunta y mata sin aviso, suspiro que sale de la boca como una necesidad.

Ojos que se dilatan por la luz del rayo.

Oídos que transforman los sonidos burdos del trueno en suaves murmullos nocturnos.

Irene le teme a su boca que pronuncia el nombre de él como un conjuro prohibido, como una mala palabra, una blasfemia. Se saborea los labios, toca su pecho y piensa en rosar su sexo para llegar a la masturbación. Su pulso se detiene lentamente desenmascarando ese deseo escondido entre sus piernas.

Pero no, es llegar muy lejos.

Es arrancarse la piel y arrojarla allá afuera en el lecho de tierra y agua, es desplumar su deseo obscuro y consumirlo en este momento de penumbra y soledad de esta habitación.
Irene solo espera a mañana para poder abrir la jaula de la atracción carnal.

Irene despierta, ya es de mañana.

(música de fondo)...